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CARDO BORRIQUERO

Los caminos certeros son mentira. De la ruta a la rutina no hay más que dos pasos y dos letras.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Nocividades del amor



Quien ama sufre; quien no puede amar, enferma. (S. Freud)

El amor —así como la capacidad de trabajar— es una de las soluciones descritas por Freud como esenciales para contrarrestar el sufrimiento neurótico, al lograr hacer pasar la pulsión autoerótica por la figura idealizada del Otro, configurando con esta maniobra un itinerario para el deseo de orden sexual, pudiendo así abandonar el bunker de la satisfacción narcisista autocomplaciente la cual queda transformada en libido objetal: una satisfacción que se obtiene del intercambio con lo exterior. Este pasaje no implica que quede exento de poder producir efectos nocivos para el sujeto que quede sometido a la entrega amorosa, puesto que en primer lugar para acceder al campo del amor hemos de asumir previamente (primer punto nocivo) la falta en ser—aceptar en suma que algo ha de faltarnos para entrar en el circuito de lo amoroso, esto es, que estamos sujetos a la castración—, puesto que algo de lo que carecemos es compensado por la persona amada quien nos devuelve una imagen idealizada de completud, gracias a su mirada desprovista de crítica debido a los efectos hipnóticos, narcóticos y hasta psicodélicos que el enamoramiento induce; vemos de entrada que amar y ser amados nos arroja a situaciones en extremo delicadas, algunas de las cuales vamos a intentar desplegar con escueta brevedad en este escrito.
Ser amado por alguien, implica quedar confrontados con la idea que desde el exterior se proyecta en nosotros: la imagen idealizada de quien se espera que seamos, que en ocasiones hay que representar con exactitud, de ahí que Lacan escribiera “porque te amo te mutilo”. Recorte necesario para que el amado calce el número exacto en el cual el amante necesita que encaje para que la relación amorosa eche a andar. Y es que cuando alguien nos quiere, nos quiere para algo, aunque esta cuestión quede por lo común erradicada de nuestro pensamiento consciente. No somos queridos porque sí (segundo punto nocivo); algo tenemos que hacer. Perdemos para recuperar, pero no sin pagar un precio.
Ser amado es ser elegido, con condiciones. Lo cierto es que no amamos a cualquiera: el amado o la amada han de responder a unas determinadas coordenadas (antropomórficas, económicas, étnicas, académicas, de status…) en ocasiones de marcado carácter inconsciente. Esto es así porque el discurso del Otro ha operado un filtrado en lo que ha de ser de nuestro interés, preconfigurando un deseo en apariencia libre de impurezas (si bien es cierto que las partículas procedentes de lo externo inmediato conforman la práctica totalidad de lo que somos como sujetos deseantes). La amorosa idea que sustenta el vínculo ni brota de la nada ni permanece suspendida de un alambre en el vacío; suele haber sido construida a partes iguales entre lo que el amado proyecta como su propio ideal, así como lo que el amante supone que el amado debe ser para que el enlace libidinal continúe aportando flujo al cauce afectivo.
La idea de llegar a convertirnos en todo aquello que se espera que seamos, para que el amor pueda sostenerse en el tiempo, implica de entrada un reto paradójico: incita a los amantes a asumir el forzamiento no solo de encajarse en lo que se espera de cada uno de ellos en la actualidad, sino de ser en el futuro (tercer punto nocivo) quienes en inicio no eran. Si los intereses cambian, si las fuerzas flaquean, si la economía se descalabra, si nuestra apariencia se deteriora, el amor acabará tambaleándose inexorablemente. Si los ideales socioculturales cambian, más aún. Por otro lado, la quietud mata el amor. Para colmo de la pirueta.
Sostener el amor en el tiempo implica que ambos ideales —los del amante y del amado— fluctúen si no al unísono, sí en equilibrada coordinación. Demasiada inclinación en uno de los postes que sostienen el endeble hilo del amor, puede hacer que se rompa. Por otro lado, y no menos crucial: la rigidez anquilosada no favorece la continuidad de las relaciones de pareja, puesto que irremediablemente el proceso ha de estar en continua evolución. Al fin y al cabo, adaptarse a los movimientos tectónicos —de carácter sísmico en ocasiones— de la sociedad en que se vive, está implicado en la supervivencia de la especie. La base donde se asiente la unión afectiva no puede ser ni hormigón armado ni barro en descomposición, ni demasiado sólida e inamovible ni demasiado elástica. Los movimientos sociales y culturales que impactan en los ideales sobre los que se asienta el fundamento de lo que es idóneo para la supervivencia y bienestar del sujeto —y por ende, la especie— cambian con gran aceleración. Para que la relación amorosa resista los embates que genera la ola de cambios y novedades, algo ha de mantenerse constante y sólido en un mundo en fluctuación líquida que varía sus coordenadas a velocidad de vértigo. Lo obsoleto es algo que nos pisa los talones cada día a menor distancia. Es precisamente la obsolescencia una de las claves que dinamizan la economía actual: lo nuevo es viejo en el mismo momento de adquirirlo. Pierde valor en cuanto pasa por caja. Tener no basta: el inconformismo actual insta a tener más, a ansiar (cuarto punto nocivo) lo novedoso. Quien retiene es vintage, antigualla desfasada, conformista. Quedarse con lo que se tiene, suena a rancio.
Sabemos que amar a alguien no es prueba irrefutable de querer el bien para el amado, puesto que el carácter obsesivo hace amar obsesivamente, el histérico histéricamente, etc. Aunque la clínica corrobora esto y nos confirma a diario que muchos enlaces se sostienen en torno al sadomasoquismo, supongamos en un alarde de optimismo que querer a alguien implicara siempre desear su bien, esto es, que se convirtiera en todo aquello que en el fondo de su ser anhela. Dada por buena esta suposición, percibimos de modo inmediato que lo amoroso atenta contra el mal que impele la pulsión (quinto punto nocivo), en constante repetición: los mismos objetos consolidando a perpetuidad un circuito cerrado, lo cual aqueja al sujeto que padece de su propia cerrazón. Por otro lado, el síntoma que busca dar a ver que algo de lo que no ha logrado entrar en la red de lo simbólico, que no logra penetrar en el dispositivo de la palabra y construir discurso que pueda ser intercambiable mediante el lazo social, daña al sujeto; al tiempo que proporciona a quien padece una satisfacción inconsciente. La pulsión tiende a la repetición; el síntoma muestra una faz de sufrimiento de la que no se va a desprender sin lucha. Y el amor, pulsión de vida, entretanto busca perdurar en el tiempo cuando, por lo que acabamos de destacar, esta posibilidad queda obstaculizada por el síntoma, que muestra un malestar anclado en el que se regodea inconscientemente, y la pulsión engranada a él, que no quiere saber nada del exterior, atascada en la rotonda con sus propios baches y bordillos, girando ensimismada en la eterna plazoleta de lo malo conocido.
Amar por lo tanto implica aceptar la incompletud, la falta, que somos seres castrados; que el amante no nos quiere para nada, sino para algo, que además desconoce; que para que el amor perdure, habremos de cambiar, tarde o temprano, irremediablemente hacia no se sabe dónde; que lo novedoso es algo fomentado por la sociedad transformando a la pareja de larga duración producto en desuso que se aproxima a marchas forzadas a la fecha de caducidad; que la pulsión quiere lo mismo, idénticos objetos a los que no renuncia con facilidad: no admite cambio; que el síntoma que el amante desea erradicar de nuestra persona porque nos procura un sufrimiento sintomático no cede sin plantar cara y luchar a brazo partido por perpetuarse y seguir reclamando su porción de atención.
En este mar de contradicciones se plantea como solución para el sujeto el ideal amoroso como una de sus máximas aspiraciones individuales: a rebufo por supuesto de tener un trabajo, un teléfono móvil y un coche. Y esto, además, sin aportar al amado-amante un mínimo de conocimientos sobre lo que su amor está fundamentado: la propia historia fantasmática, donde enraíza el ideal del amor y su posición sexuada.
Según las últimas estadísticas de cifras de divorcios en nuestro país, en creciente progresión geométrica, en esta tempestad hemos todos de mantenernos a flote, agarrados al tablón de la ilusión que, como Freud vaticinó hace más de un siglo, se nos muestra en la actualidad con el porvenir algo ennegrecido. El psicoanálisis en ciento veinte años ha ido pudiendo poner un dique de contención a todo este temporal. Aquellos que lo amamos sabemos de lo trabajosa que es su disciplina y de lo nublado de su panorama, acosado siempre por los intereses de los de siempre. Aun así, el idilio continúa.

lunes, 11 de junio de 2018

Mi pequeño homenaje póstumo a una, grandísima poeta.


Pésame
                                    A Elvira Daudet

No es inherente el óxido al metal
como no lo es el dolor a la tristeza.

Hay un hueco en el centro de lo sólido,
un tuétano en cada hueso,
una sombra tras la luz;
en cada verso un socavón.

Ayer alumbra hoy,
arroja hebras de futuro
sobre el erial que hostiga el sol.

Este día ahuecado,
que mañana será pretérito,
drena las posibilidades
y enturbia lo que somos
apedreándonos con lo que pueda venírsenos encima.

Hay una muerte en cada célula buscando hacerse fuerte,
un solar en cada promesa,
un odio en cada amor
y una escombrera en el sótano de cada palabra
a la caza de un menisco despistado.

Cada desequilibrio busca el instante
de ser protagonista
y lucir su condición contundente y absurda
que quiebra la absoluta consistencia
y nos deja a merced de la intemperie.







miércoles, 16 de mayo de 2018

Mejor imposible




Cada vez que nos es impuesta la idea de lo mejor nos vemos confrontados a una situación insostenible en la que confluyen una serie de premisas: en primer lugar, para que haya lo mejor, ha de haber irremediablemente algo peor, colocado en inferioridad, en menoscabo, en disminución, quedando constituido un ordenamiento jerárquico en base a unos principios; en segundo lugar, no puede haber lo mejor sin la competencia, la lucha y la rivalidad; en tercer lugar, para que haya lo mejor, ha de ser erigido un legislador que instituya qué es lo mejor y lo que no lo es, y defienda su posición con determinación, sin temblor ni duda: está en posesión de la verdad porque conoce los parámetros y el modo de medir.
La búsqueda de lo mejor obliga por lo tanto de modo implícito a acatar dichas premisas sin las cuales no se sostendría la cuestión, premisas que fortalecen y benefician un discurso social que prima el consumo, el combate, la inconformidad y las ansias de grandeza. A tal punto ha calado este discurso de lo mejor que quien no participe de esta carrera sinsentido no podrá acceder a las anheladas cuotas de popularidad, las cuales son rentabilizadas en el plano económico: lo mejor hay que pagarlo.
Si bien es cierto que para gustos, colores, que sabemos que no es factible reducir la gama de posibilidades a la regulación absoluta, sí parece creciente la tendencia a quedar ajustados a los estándares que marcan lo deseable, enmarcándonos en las directrices que nos encarrilen en la dirección propicia que nos aproxime a lo magnánimo. Haciendo la concesión de eludir lo más propio en aras al cumplimiento de lo reglamentado, cedemos lo más personal e irreductible a cambio de una normalización sobreadaptada.
El psicoanálisis contradice todas estas premisas, quedando por lo tanto fuera de los márgenes del consumo: importa lo de uno. Cada una de las soluciones encontradas por el sujeto para sostener su precario equilibrio son consideradas invenciones dignas a tener en cuenta, y por más que se promulgue desde los estamentos oficiales un modo mejor o más correcto de estar en sociedad, un modo mejor de ser ciudadano, o padre o madre, o analista o analizante, para el psicoanalista lo verdaderamente valioso es lo que cada cual porta, produce, dice, revela. A los sujetos hay que tomarlos uno por uno, porque sus decires son inetiquetables, propios y valiosos en sí, demarcación de su subjetividad. La educación, la corrección, la pedagogía o la mejoría son materias que el psicoanalista no contempla: se apaña con lo que hay.
El intento de jibarizar la subjetividad para hacerla encajar en los moldes sociales produce una amputación que rebaja la autenticidad al estatuto de lo indeseable: “salirse de madre, sacar los pies del tiesto” son algunos de los modos con los que los analizantes se definen cuando comienzan a tomar en cuenta sus deseos más propios y en conexión con lo que les alegra la existencia. Pero el mecanismo de lo mejor, de hoja afiladísima, rebana cualquier atisbo de productividad en esta dirección puesto que ya hay otros con quienes siempre se perderá en la comparativa: mejores músicos, investigadores, cineastas, deportistas, escritores… El contenedor de lo desechable se abre entonces de par en par para que todos aquellos que queremos simplemente expandir la creatividad podamos arrojarnos a él sin contemplaciones: no somos lo suficientemente buenos, toda producción se queda corta, en nada, insuficiente, cuando es precisamente nuestra insuficiencia el mejor de los combustibles, pues proporciona el deseo de crecer, siempre y cuando cebe un motor adecuado. Si el máximo interés de la sociedad es producir al por mayor ciudadanos adaptados y obedientes, los mejores en resumidas cuentas, los del montón, el bulto, la mayoría, acabaremos creyéndonos el estiércol que abone sus inabarcables hectáreas de poder.

lunes, 16 de abril de 2018

¿Por qué cura la palabra? 3ª parte




Sostener con entereza y constancia un lugar de dignidad para quien acude a nuestro consultorio, no consiste simplemente en sentarse a la espera de que el paciente ponga en desarrollo lo que tenga que decir; es algo de mayor hondura ética: sostener contra viento y marea la apuesta de que quien habla podrá llegar a establecer un lugar propio, un espacio personal desde donde pueda surgir lo más auténtico de su individualidad. Entonces, desde la atalaya de su propia subjetividad podrá ser edificada otra construcción, diferente a la resquebrajada y a punto de derrumbe que le obligó a consultar.
Acostumbrados a que, por norma general, los pacientes acudan a la consulta para deshacerse de sus malestares, es de pura lógica que se nos requiera un tipo de intervención acorde a los tiempos que corren, donde el profesional extirpe de un tajo el malestar con su bisturí mágico, haciendo desaparecer sus dolencias, a poder ser en tiempo record y sin mucho coste, sobre todo emocional, porque el dolor de toparnos de bruces con los decires surgidos de nuestro propio discurso puede llegar a ser muy impactante. Aceptar que se infiltran entre nuestras caras más amables otras de índole no tan deseables; respetar que lo que querríamos ser no es más que una fantasmagoría alimentada desde los poderes fácticos que nos rodean, no siempre fomentada con sanas intenciones; contener el impulso frenético de poseer aquello que suponemos nos colmaría por entero y aprender a esperar, asignatura crucial que por desgracia no suele impartirse en los centros educativos, por más importante que esta sea; soportar la incertidumbre que nos enfrenta al abismo de no saber y aun así persistir manteniendo la confianza de que llegará el momento en que escampe el nubarrón y podremos disfrutar de la puesta de sol.
Cuando estas cuestiones no pueden ser sostenidas, la angustia se recrudece adoptando formas conocidas. Cobra protagonismo entonces la imperiosa necesidad de que sea marcado un rumbo a seguir, de ser encarrilados en algún modo de operatividad o productividad; de ser reintegrados en los engranajes del rodillo social para así reasegurar una endeble posición subjetiva. Estas cuestiones obligan a los consultantes a reclamar unas directrices, normas, parámetros o coordenadas que organicen su caos pulsional: “Es que tú no me das pautas”, he escuchado en numerosas circunstancias.
Cuando el sentimiento de pérdida se acentúa y se llega a considerar que no está de nuestra mano encontrar el modo de reinsertarnos en la vida, es precisamente en ese momento cuando hemos de permanecer más serenos, haciendo efectiva nuestra apuesta de que en algún momento el paciente sabrá elegir el rumbo en base a sus propias decisiones, aquellas que congenien con lo que desde su interior pugna por manifestarse.  Es en el trascurso de las sesiones donde el decir del analizante va poniendo, con sus propias palabras, las losetas que asienten el camino sobre el cual transitar. Atreverse a pisar el camino que uno mismo ha cimentado implica correr riesgos, sobre todo cuando no han sido instalados los quitamiedos, ni la iluminación, ni las pinturas reflectantes que nos aseguren un destino. Sin mapas y señales, ¿cómo vamos a estar seguros de que el recorrido llegará a buen fin? Si somos capaces de reconocer que lo seguro es una ideación que nos aclimata a lo conocido, si nos atrevemos a considerar que el camino que cada uno ha de recorrer tiene que ser constituido de modo único, porque no hay nadie que pueda decirnos por dónde hemos de avanzar, no hay más alternativa que esculpir a pico y palabra nuestro propio rumbo.
Si el analista es capaz de resistir el impulso de convertirse en el depositario de las verdades que se le reclaman —a veces con verdadera insistencia— sosteniendo el lugar de dignidad de quien consulta, a quien sabe perdido y angustiado, pero sin dirigir, enderezar ni encauzar sino acompañando en la búsqueda durante el tiempo que sea necesario, entonces quizá puede que asistamos al surgimiento de un sujeto libre, desasido de las coacciones que le obliguen a los logros que le venían instalados de serie, pudiendo elaborar un proyecto vital satisfactorio, único e irrepetible. Esta es la apuesta. De sol.

sábado, 17 de marzo de 2018

Hombre al agua




A Mmame Mbage

Hoy  ha caído otro hombre al agua
sin chaleco salvavidas
en un charco de la calle
al pie de los portales.

Pero lo importante es no perder el rumbo,
mantener firme el timón,
dejar que se desuellen las gargantas
los cientos que observaron el desplome,
echar leña a las calderas.
tensar las velas, los remos, los motores,
no perder las coordenadas,
seguir el plan preestablecido,
desoír los gritos, las arcadas,
el chapoteo inútil del hombre y sus braceos,
porque lo crucial es ir directos
sin dudas, de frente, sin temores

hacia el iceberg.