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CARDO BORRIQUERO

Los caminos certeros son mentira. De la ruta a la rutina no hay más que dos pasos y dos letras.

jueves, 18 de enero de 2018

Qué es un virus para el psicoanalista



Cuando se alinean las constelaciones, entran en armonía y se dan las condiciones propicias, resulta que dos personas se conocen, se gustan y se lanzan a fantasear que existe la posibilidad (nunca exenta de peligros) de poder alcanzar cierto grado de conjunción entre sus deseos, pudiendo darse el caso de que en su cálculo probabilístico concluyan que tal unión pudiera ser fructífera. Una vez sorteados los múltiples inconvenientes para que la relación se consolide (económicas, estéticas, educativas, familiares…) y enfrentados a sus propios miedos, a los cuales han de añadirse los que la sociedad inyecta, puede que si la biología condesciende, tenga lugar la concepción. Si el embarazo prosigue y llega a término se da la circunstancia de que el planeta habrá de dar acogida a un nuevo ser viviente, que trae de serie una extensa gama de capacidades, pero no menos impedimentos para su completo desarrollo.
Supongamos, siendo optimistas, que el parto se produjera sin dificultades, entonces sucede que el recién nacido es arrojado a un baño de sensaciones sin la dotación necesaria para hacer frente a tal cascada de sensaciones. Los extranjeros que habitan su entorno le hablan, le dicen de su procedencia, le manosean sin ningún pudor sus partes más íntimas, le nombran y encapsulan en un sistema de signos, normas, patrones, insignias y verdades para que el pequeño pueda sacar el máximo provecho a sus potencialidades. Previamente a descubrir que verdaderamente el extranjero es él, es introducido en una dieta, en un horario, en un clima que poco tenía que ver con su anterior habitáculo intrauterino; se le inducen a continuación una serie necesidades que se dan por ciertas (como el calor que su cuerpo precisa, el tipo de calzado que mejor se ajusta a su diminuto pie…), y se espera de él algo que es imposible de definir, porque en la mayoría de las ocasiones ni siquiera se ha hecho explícita esta petición, sino que más bien ha sido dada a entender, dejada caer. Por supuesto todo esto es por su bien.
Una vez superada esta fase (aunque nunca termina de serlo por completo, porque la absoluta adaptación al sistema no se produce), el infante ha de hacer frente a una multiplicidad de preguntas para las cuales ni siquiera posee el lenguaje para ser formuladas, como la causa de esos besos desproporcionados, el cansancio masivo de los padres, los ruidos de los claxons, o el olor tan desagradable del repollo. Con apenas movilidad que permitiera acceder a un grado mínimo de independencia, sin el lenguaje que permitiera transmitir sus necesidades, las cuales va acatando como si fueran propias, el recién llegado, entronizado pero sin voz ni voto, debe dar respuesta inmediata a las exigencias de su entorno. Ha de empezar a hablar y andar en un plazo determinado, debe controlar sus necesidades corporales dentro de los márgenes que su ámbito social determine como adecuadas, al tiempo que ha de estar fuerte y sano para acometer las variadas tareas que en su devenir existencial serán necesarias para convertirse en un ciudadano de provecho.
Increíblemente, en la mayoría de las ocasiones el infans cede, condesciende, acepta que es el precio por entrar a formar parte de los intercambios sociales; aprende que si se ofrece a dar respuesta a todas estas convenciones y estipulaciones la ganancia será mayor que la pérdida: obtendrá el amor de quienes le atienden. Elige perder para ganar. Anda, habla, come, deposita sus productos de desecho donde ha de hacerlo, obedece a lo que se le dice, aprende luego con rigurosidad a pronunciar la erre, a leer con velocidad, a responder a lo que se le pregunta, a no pensar demasiado por qué si la ge y la jota se pronuncian igual, a veces se pone una u otra dependiendo de cuestiones a las que su intelecto no alcanza; en resumidas cuentas, a dar cumplimiento a las necesidades de su grupo social. Y además, por el camino, en sus ratos libres, ha de ir construyendo su identidad la cual ha de ser firme y competitiva como el grupo actual demanda; también ha de adoptar una posición sexuada, jugando con las cartas que le hayan repartido de mano, cuestión extremadamente problemática en la que aquí no nos podemos extender.
En el primer momento de la existencia no son muchos los recursos con los que cuenta para emitir cierto disgusto por todo lo arriba referido: el llanto, el grito, la mala digestión, el insomnio; luego, el berrinche, la rabieta. Más tarde, el mal comportamiento, el bajo rendimiento escolar. Y por supuesto el síntoma.
Es entonces cuando los padres y acólitos, confrontados a la desagradable tesitura de que su querido e inocente retoño se rebela a los parámetros reinantes, emiten el veredicto: “Será un virus, o es que está con los dientes”. Y aquí finalizan las preguntas.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Esclavitud 5.0 (o resaca post Black Friday)



Solemos tener asociada la idea de esclavitud a grilletes de tobillos ensangrentados, látigo desollando espaldas, galeras de remeros en hileras interminables o húmedas mazmorras atestadas de ratas. Estas imágenes extraídas de los libros o el cine contrastan con la realidad que la esclavitud está tomando en los tiempos actuales. Si bien el amo de la antigüedad se arrogaba el derecho a disponer a su voluntad de sus posesiones humanas, pudiendo traficar con ellas como un producto desprovisto de subjetividad, el amo actual ha llevado a tal refinamiento su potencial, ha pulido en tal grado su capacidad de ejercer el poder que el esclavizado —en un malabar sin precedentes— puede llegar a ni siquiera anoticiarse de la pérdida de libertad que en su ser está teniendo lugar. A tales extremos alcanza la manipulación.
Hoy en día los mecanismos para someter a enormes cantidades de sujetos no hacen un uso ostensible de la fuerza bruta, los deseos no son coartados mediante la imposición directa. La sugerencia persuasiva reiterada producida por la publicidad exhaustiva incide en los sujetos de la modernidad generando un desasosiego que les arrastra por millares hacia lugares donde poder apaciguar someramente sus ansias identitarias y pulsionales. Para permanecer dentro de los estándares sociales se hace ahora imprescindible aprovechar las oportunidades que el amo social brinda cada cierto tiempo al populacho en forma de ofertas y rebajas, con la consabida peregrinación a los centros comerciales, sustitución de otros rituales que van cayendo en desuso, pero que también proveían al individuo de coordenadas concretas en las que ubicarse.
La devastación del tejido ético, el aniquilamiento del sistema educativo (que ataca con ferocidad de perro de presa a la literatura y a la filosofía, no digamos a otras disciplinas como el psicoanálisis, la música o el deporte), la incitación al consumo y el fomento de la superficialidad, conforman un sistema diseñado con la intención de desposeer al sujeto de cimientos sobre los que edificarse. No habiendo sujeto construido, difícilmente podrá rebelarse contra la obligatoriedad de tener que contribuir. El contribuyente puede poner impedimentos para pagar los impuestos, sin embargo, otras imposiciones más sutiles no despiertan en el pagador tanta resistencia.
La incitación a las compras bajo el lema de oferta-rebaja es una maniobra mucho más sagaz de lo que de un simple golpe de vista pudiera parecer. Aprovecharse de un descuento toca un aspecto esencial del ser humano: la ganancia. Poco importa que el producto adquirido no estuviera entre los bienes deseados, lo crucial del asunto es la sensación de haber extraído al amo del poder, al fabricante las posesiones tangibles, un pedazo de su magnanimidad, un jirón de su soberanía. Inducidos por este reclamo con tintes de donación puntual como gesto de esplendidez, no dudamos en dejarnos arrastrar a estos oasis de goce donde apacentar nuestras ansias de bienestar. Lejos de lograr sustraer el más leve pedazo de majestuosidad al poseedor de los materiales, acumulamos cosas que luego desbordarán nuestros trasteros, no quedando más remedio que tener que alquilar uno supletorio que habremos de pagar a plazos.
Si buscamos en el diccionario la definición de esclavo (que si en su primera acepción se refiere a la persona que carece de libertad, en la segunda habla del sometido a un deber, pasión o afecto), habremos de preguntarnos hacia dónde nos estamos dirigiendo con esta disquisición sobre la esclavitud. Contemplada la libertad como el reconocimiento de nuestros deseos más íntimos, así como la valoración que a dichos deseos otorgamos, poniendo ímpetu para su consecución, para hacer del libre un esclavo solo habremos de socavar la esencia de dichos deseos, además de su voluntad para realizarlos. Si donde pudiera haber deseo, se nos ceba con un objeto con apariencia de poder; si donde pudiera haber ímpetu, se nos apacenta con sedentarismo, entonces quedarán todas las hectáreas sembradas de conformidad. Luego a cosechar. Y entonces asumiremos, tan rápido como un parpadeo, como nuestra la culpa de las restricciones municipales impuestas debido a la contaminación (aunque se nos haya influido a tener que comprar un coche y desde los organismos pertinentes se resistan a abaratar el precio del transporte público) o del paro (porque no hemos entendido que en la actualidad hay que reciclarse y aceptar cierta movilidad —incluso transnacional—en el ancho campo laboral).

Una vez que se ha instigado al individuo a dimitir de su capacidad de elegir y de pensar, de llevar la contraria, de desear aquello que está en conexión con su subjetividad (y no lo que se nos impone como objeto a devorar, señuelo de deseo) queda allanado el camino para que sean otros los que se eleven desde sus púlpitos y sus pedestales y nos digan quiénes somos y lo que queremos. De esta férrea composición son los grilletes del siglo XXI en la era postindustrializada: con cerradura a prueba de ganzúas.

miércoles, 4 de octubre de 2017

El peaje de la subjetividad







            Desgranemos en primer plano aspectos lingüísticos de la cuestión en la que, con permiso del lector, nos intentaremos adentrar. Si acudimos al diccionario encontramos que se denomina peaje al pago efectuado para obtener derecho para circular por un camino. En la antigüedad se denominaba portazgo a la suma que debía pagarse para cruzar cierto límite (puerta) entre dos zonas. Históricamente el peaje se remontó hasta las civilizaciones egipcia y persa, no siendo tampoco desconocido en tiempos del esplendor romano, si bien ha sufrido a lo largo de la historia una notable evolución. En la Edad Media, el peaje designaba el tributo exigido por el soberano para que personas o mercancías pudiesen transitar por determinados puntos de las vías de comunicación. En la actualidad, se asocia a un emolumento que hay que abonar cuando se pretende usar una cierta infraestructura con un medio de transporte. En la mayoría de los casos la vía o ruta marítima sujeta a peaje permite a los usuarios ahorrar tiempo de viaje y reducir sus costos de operación, con respecto al tránsito por rutas alternas libres de peaje. Etimológicamente,  la palabra peaje proviene del latín, pedaticum, derecho de poner pie, en francés peage, peatge en catalán. A nuestra mente acuden velozmente peatón, peana, pedantería, múltiples derivaciones de la palabra pie; también peón, peonza. Incluso otorgándome el beneplácito de la asociación libre, podríamos encontrar concomitancias con el pago que el niño ha de realizar por la osadía de ponerse en pie y soltar la mano que le guía: el dolor de los calcetines y sus costuras que siempre apuntan a donde más molesta, la estrechez de algunos calzados escolares, las caídas provocadas por la insistencia de la gravedad, las torceduras por lo bacheado del practicable. Desembolsos efectuados a cambio de desenvoltura y los beneficios posteriores de andar erguidos.
            En resumen, una pérdida en términos económicos (siempre y cuando entendamos la economía en su cuantía monetaria) que repercute en una ganancia en términos de tiempo (siempre y cuando entendamos el tiempo en cuanto a medición horaria). Bien es cierto que, como nos ha enseñado el psicoanálisis, no hay mayor pérdida de tiempo que la repetición sintomática al infinito. Ahorrar tiempo —y pagar por ello— para ir a un lugar al que por voluntad propia no hemos elegido ir ¿podría ser catalogado como ganancia? En el tiempo del corta y pega, del dar al me gusta, del comparto, llevar a cabo este tipo de reflexiones también pudiera ser considerado por algunos una pérdida de tiempo, así que prosigamos con premura.
            La argucia semántica para perpetuar la cuestión que nos atañe, el peaje, suele estar fundamentada en que el dinero recaudado se destina normalmente a financiar la construcción y mantenimiento de infraestructuras viarias (carreteras, túneles, canales de navegación o puentes). De este modo la pérdida sería asumida de buen grado por el contribuyente, pues repercutirá a su favor en un lapso de tiempo más o menos breve: en cuanto sea recuperada la nimia inversión inicial, podremos seguir pagando las facilidades brindadas por los poseedores del paso de carruajes; por otro lado expertos en barreras.
            El tránsito en que todos estamos inmersos implica un dispendio, por lo tanto. Hemos de perder para poder andar, por elevarnos de la posición horizontal y abandonar el gateo, y así soltarnos de nuestros mayores. Caería dentro de lo ilógico plantear la posibilidad de llevar a cabo movimiento alguno sin que viniera acompañado de una pérdida de energía.
            Ahora bien, los constructores diseñan las vías sobre la premisa de que ha de ser por ahí por donde los transeúntes deseen pasar, y persistan en esta voluntad durante años, único modo de rentabilizar las inversiones. Se ven por lo tanto en la tesitura de influir en ellos para causar la necesidad, alimentarla, promoverla y excitarla, exaltando las virtudes del paradero, de la vía, del viaje. Inflamando nuestro campo de visión desde las vallas publicitarias, invadiendo nuestro imaginario con mensajes reflectantes que resaltan la bondad del tránsito promovido, se puede llegar a influir hasta tal punto en el viajero que este, amputado de su albedrío, arrojado a un sonambulismo al que finalmente consiente, goza del arrastre, llegando incluso a agradecer de buen grado la obligación de contribuir.
            Creer con fe ciega en el constructor fuerza a desechar nuestras más íntimas necesidades, nuestros anhelos más personales. En aras a un ahorro de tiempo o a un beneficio común, nos vemos incitados a una desubjetivación, a un desprendimiento de aquello que nos define como sujetos: nuestro deseo (no el surgido por la agitación proveniente de las efervescentes proclamas del otro). Y este es el peaje mayor que hemos de pagar, el no habernos atrevido a pronunciar las palabras que concreten las coordenadas de nuestro rumbo a seguir. No nos quejemos entonces por lo atestado del punto de llegada. Ni de los atascos en el camino. Por supuesto, allí —el lugar de las virtudes, el oasis, el súmmum de lo paradisíaco—, tendremos que pagar por aparcar. Aunque mal de muchos…


miércoles, 13 de septiembre de 2017

¿Por qué cura la palabra?




¿Por qué cura la palabra?

         En numerosas ocasiones he escuchado decir a mis pacientes, sobre todo en el transcurso de las primeras sesiones, que no entendían el motivo de tener que hablar sobre lo que les pasa, puesto que nada puede aportar reincidir sobre sucesos acaecidos ya que el hecho de relatarlos no va a servir en absoluto para modificar lo que pasó. De hecho, miradas las cosas desde esta perspectiva, incluso se estaría ahondando en el malestar al meter el dedo en la llaga abierta de los recuerdos dolorosos. Esta más que justificada queja, que puede salpicar de dudas los cruciales momentos iniciales en los que se empieza a asentar la relación, me posibilita abordar de manera aclaratoria y concisa algunos aspectos referidos a lo que el trabajo clínico comporta.

         La palabra es curativa por múltiples motivos, es por esto que Bertha Pappenheim más conocida por el sobrenombre de Anna O, paciente de Freud, llamara talking cure (charla que cura) al modo de trabajo que tenía lugar en sus encuentros vieneses.

         El lazo que se construye por intermediación de la palabra no solo establece conexión entre quien escucha y quien habla, analista y analizante, sino entre este último y sí mismo. Es el despliegue del discurso lo que permite el surgimiento de esa parte rechazada de nosotros con la que noche y día convivimos, en ocasiones con extrema dificultad. Cuando la escucha es enfocada hacia esa palabra portadora de la verdad alojada en lo inconsciente, que en su aparición revela algo de lo que nos define como sujetos, es posible hacer tambalear las estructuras donde se aloja el síntoma. Para que esto tenga lugar se hace imprescindible consentir que la palabra diga sin cohibiciones lo que tenga que decir, traiga lo que tenga que traer, para que pueda manifestarse en toda su extensión. Es función del profesional no hacer de su lugar un obstáculo a esta aparición, ya sea con sus prejuicios, ideas preestablecidas o su posición de saber. La escucha, que no tiene por qué ser silenciosa aunque sí permisiva respecto al discurrir del analizante, ha de hacer surgir lo que en su núcleo contiene.

         Uno de los efectos producidos por el trabajo clínico es el sentimiento de extrañeza que se produce en el analizante, cuando expresa: “No sé por qué te estoy contando esto”. A partir de este momento se genera un intenso trabajo de búsqueda y memorización como intento de recuperar el hilo extraviado, de retrotraerse a los emplazamientos seguros, a los cuarteles de invierno como solía decir una paciente. La represión habrá salido triunfal si tal hilo es recobrado. Desde mi punto de vista la frase arriba citada es la prueba irrefutable de que lo que se está poniendo de manifiesto en el preciso instante en que se pierde pie, va más allá del atrincheramiento consciente que nos protege y que al exterior queremos mostrar: nos hemos salido de los parámetros que nos aprisionan y que también nos constituyen; algo venido de otro lugar ha hecho aparición agrietando lo preconfigurado, cobrando protagonismo: se ha puesto en acto la otra escena. Es en ese punto de desasosiego, producido por el hecho de perder el hilo discursivo, cuando nos aproximamos a lo diferente. Que la palabra fluya con libertad, aunque sepamos que esta libertad está coartada y asediada por condicionantes estrictos, permitirá que se muestre a la intemperie el basamento que sostiene el sufrimiento de quien acude a consulta. Es por este motivo que me haya encontrado también en numerosas ocasiones con que el analizante pone en mi boca palabras que él mismo ha pronunciado: “Como tú dices…” Tiene razón en parte: si él no ha sido quien ha dicho eso que ha escuchado que se decía en el consultorio, habrá tenido que ser el otro. ¿A quién atribuir pues esas palabras? Efectivamente es otro quien dice, otro que pugna por ser escuchado pero que anida en nuestro interior. Es la transferencia el folio donde ha quedado inscrito ese decir, folio de doble cara.

         Retomando el párrafo inicial, y dando relevancia al enunciado de que de nada sirve decir si esto no va a cambiar las cosas, es clave aclarar que lo que pasó siempre viene encuadrado en un modo de ver el mundo, afectado por el brillo, color, suciedad, arañazos o malformaciones del cristal con que se mira. Es a esto a lo que solemos llamar la verdad, a lo que nuestro psiquismo denomina con contundencia “lo que pasó”. No podemos obviar sin embargo, que las verdades que sostuvimos con absoluta credibilidad y convicción —donde a veces quedamos convictos— en nuestra juventud o nuestra niñez, con el paso de los años han sufrido variaciones, transformaciones, e incluso derrumbe y desescombro. Entender que aquello que nos causa penar tiene que ver con un modo de ver las cosas es capital para aceptar que hay algo que se puede hacer con aquello que nos está dificultando la existencia. Labrar con el afilado canto de la pala de la palabra quizá abra camino hacia otros rumbos de carácter menos sintomático.

         La inocente risa desprendida de las bocas de niños y mayores al entender un chiste, quizá tenga que ver con la liberación que nos produce desprendernos de los significados petrificados a los que se adhieren las palabras. El desasimiento liberador que produce ver de otra manera la misma realidad genera un efecto agradable, jubiloso.

-Toc, toc.
Se abre la puerta.
-“¿Usted quién es?” 
-“Soy paraguayo. Y vengo para casarme con su hija”.
-“¿Para qué?”
-“Pa-ra-gua-yo”.

         Por fortuna, siempre nos quedará el humor y la poesía, cimientos en que se apoya la escucha psicoanalítica. Palabras que atenúan nuestro padecer.